El estilo de Mario Benedetti es único y siempre reconocible tras cada letra, palabra o personaje; nacido en Montevideo y perteneciente a la generación 45, Benedetti nos transporta con su pluma hacia pasajes, situaciones cotidianas y fantásticas.
En Transparencia, Mario Benedetti nos conjuga objetos y personajes tan alejados entre sí, para dar paso a una historia, donde un fantasma, un parque, vodka y la muerte, se convierten en elementos fundamentales para el amor, y es que, no por nada, Mario Benedetti ha escrito lo que muchos sentimos que era necesario escribir, así, el maestro Benedetti nos muestra que su pluma es capaz transportarnos, recrearnos, crearnos y de crearlo todo, y aún más…
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Transparencia
A Diana y Juan, y a su rebanada de felicidad
Desde la
muerte de Jorge, Claudia venía todas las tardes a recostarse en esta baranda,
como si le agradara contemplar el río de gente. Hombres maduros con su valijita
rectangular de casi ejecutivos, lentos viejos en la etapa del bastón. Muchachas
de espléndido vaivén, señoras con perro, trabajadores con overall, policías, mendigos, todos
concurrían y transcurrían. En aquella esquina clave, donde tantas veces había
esperado a Jorge cuando salía del Banco a encontrarse con ella, Claudia sabía,
estaba absolutamente segura, que en algún instante [nunca el mismo] aparecería
Jorge, la imagen de Jorge, caminando entre los otros, pero mucho más simpático
y apuesto que los demás.
Era una
imagen nítida, poco menos que real, sólo que transparente. Todo en él [traje, brazos,
piernas, hasta los zapatos] era transparente. Todo, menos la mirada. Quizá esto
se debiera a que lo último vivo que recordaba de Jorge eran sus ojos. O tal vez
se debiera a que Jorge tenía ojos muy cálidos y a la vez penetrantes. Lo cierto
era que en la visión aquellos ojos no eran trasparentes. Más bien tenía la
sensación de que ella se volvía transparente cuando esos ojos [que ella conocía
tanto] la miraban. Y eso no sólo acontecía en el presente espejismo; también en
realidad había sido así.
Era tan
transparente la imagen que, a través de ella, Claudia distinguía a los demás
transeúntes como detrás de un cristal coloreado. Porque se trataba de una
transparencia de color. Como el traje azul que vestía Jorge era transparente,
ella veía, por ejemplo, los brazos eran a su vez transparentes, no ocultaban el
pedacito de calle o de gente que permanecía detrás.
Claudia
no se inmutaba. No creía en absoluto que aquello fuese algo mágico. Una noche
se lo contó a Germán y éste sonrió y le tocó la frente con el índice: "Lo
que pasa es que lo tenés aquí". Entonces ella le tomó el dedo con una mano
y lo apoyó sobre su propio corazón: "Y también aquí". Pero ambos
sabían [y sobre todo Claudia] que la imagen era una proyección de muchas cosas
más.
En su
momento había llorado, claro. Había llorado y mucho. Pero a esta altura ya
había admitido para sí misma la muerte de Jorge. Sin embargo, la imagen venía
todas las tardes y ella no podía evitar el venir a esperarla."Después de
todo, es una forma insólita de asumir tu duelo", le diagnosticó Lidia, que
era sólo cuñada de un analista pero manejaba con espíritu amateur
la jerga
profesional. Claudia asentía con la cabeza, pero en el fondo sabía que no. En
realidad, ya había tenido su "duelo" y se había sentido destruida;
"hecha bolsa" como dice su sobrina adolescente "hecha
mierda" como se decía ella misma cuando se miraba al espejo y veía el
trajinado dolor, no sólo en sus ojeras [que es lo clásico] sino también en su
pelo, en su boca, en su pescuezo. Lo que más le costó aceptar era que Jorge
muriera cuando vivían su etapa más feliz como pareja. Nunca se habían sentido
tan cerca de Jorge como en la mañana de ese puto día en que él se quedó de
pronto mudo e inmóvil, no ya en medio de una frase sino en mitad de una palabra.
Todavía recordaba con exactitud el sonido de la sílaba viva, pero aún no tenía
el coraje debe imaginar, de hacer sonar para sí misma, la impronunciable sílaba
muerta. No obstante, había acabado por aceptar hasta esa palabra rota.
La
recuperación del ánimo vino de a poco. "No te martirices tratando de
animarte artificialmente" le había dicho Germán. "Sos una tipa muy
vital, y si dejás que el tiempo pase, simplemente pase, ya vas a ver cómo la
vida te invade de nuevo". Y fue rigurosamente cierto. El tiempo pasó,
simplemente pasó, y una mañana se miró al espejo y tuvo un poco de vergüenza al
encontrarse linda. Pero se encontró. Días después advirtió en la calle que era
contemplada con atención, y el que la miraba era un tipo joven ["de ojos
verdes", lo fichó al pasar], eso la estimuló. En dos semanas más, se le
pasó la vergüenza de sentirse cada día mejor.
Pero
igual iba a recostarse todas las tardes a la misma hora, en aquella baranda,
para esperar a Jorge el transparente. La imagen se acercaba caminando, al mismo
ritmo que los otros, y también se iba con los otros, no sin antes mirarla, y
era la mirada más honda que ella conocía.
En
realidad, no eran muchos los que estaban en el secreto: Germán, Lidia, Héctor.
Pero Lidia y Héctor se preocupaban demasiado cuando ella empezaba a hablar de
la transparencia. Quizá les parecía que ese espejismo podía desembocar en una
neurosis, o en un simple desajuste mental. Trataban entonces de tomarlo a
broma, pero inmediatamente advertían que eso podía agravar a Claudia. Y
cambiaban de temas.
Germán en
cambio, la escuchaba con naturalidad, y si le preguntaba: "¿Cómo estaba
hoy? ¿Triste, alegre?", Claudia sabía que no había en la pregunta el menor
atisbo de burla o de ironía. Sencillamente Germán quería saber de qué talante había
estado Jorge, la transparente imagen de Jorge. Y era lógico que así fuera, porque
Germán también lo había querido mucho. Cuando Jorge murió, para Germán había
sido algo así como la pérdida de un hermano. Por eso ella se encontraba tan
cómoda con él; porque ambos recordaban a Jorge sin ningún preconcepto [ni
posconcepto] y hasta se reían a veces cuando evocaban una situación embarazosa,
o ridícula, de un pasado que incluía a los tres.
A veces,
después de ver la transparencia, Claudia se encontraba con Germán e iban al
cine. También iba al cine con Héctor o con Lidia, o con ambos a la vez, pero
nunca después de la baranda. Porque después de la baranda ella quedaba en un
estado de ánimo muy particular [no exactamente de tristeza, ni de nostalgia, ni
siquiera de euforia, pero de todos modos un estado de ánimo especial] que sólo
Germán era capaz de bancar. Él sabía que cuando la encontraba después de la
baranda, tenía que quedarse callado una media hora, y él respetaba
escrupulosamente el convenio tácito. A veces ella hablaba antes de cumplirse el
plazo, y entonces, por supuesto, Germán continuaba el diálogo. Pero en ese caso
no importaba, porque la responsabilidad era de ella.
Una de
esas tardes no fueron al cine, pero sí a la casa de Claudia. Muchas veces había
ido Germán, en vida de Jorge, y también después. Pero esa tarde se dio una
especial comunicación. Tal vez todo empezó cuando ella le ofreció un trago:
¿whisky?, ¿vodka?, ¿ron? Él dijo vodka, y casi se arrepintió. Ella se dio
cuenta: "¿Qué pasa?" "Nada, sólo pensé que la vodka me gusta
helada. No con hielo, sino helada." "Claro. Está en la
heladera", dijo ella, y él celebró largamente ese alarde de cultura
etílica.
Después
hablaron largamente, como cuatro horas. Un poco acerca de Jorge, pero como
Germán recordara las opiniones políticas de Jorge, el tema de pronto se amplió.
"Eso me gustaba de él", dijo Germán. "Era claro, era concreto.
No te tiraba por la cabeza todas sus lecturas. A mí personalmente no me gusta
cuando alguien me empieza a apabullar con todos los Marx y Lenin que en el
mundo han sido. La pucha. Me siento un pigmeo. Y Jorge tenía eso de bueno. No
te aplastaba. Vos pensabas que estaba hablando de un tema tan cercano como la
huelga de carniceros, y sólo después te dabas cuenta que había estado
desarrollando su personalísimo enfoque de las relaciones sociales de
producción. Su conversación era eso: una conversación. No un ensayo, con notas
al pie".
Claudia
se quedó un rato como absorta. Ella también podía haber aportado, a ese respecto,
sus propias reminiscencias y experiencias: por ejemplo aquellas madrugadas que
los encontraban, a Jorge y a ella, discurriendo [él, en la cama, apoyado en un
codo, fumando y fumando: ella, fumando también, pero sentada a la turca, con la
pared como respaldo] sobre las contradicciones entre práctica y teoría, o la
fórmula para evitar las caídas en el elitismo de vanguardia, o la manera de
encontrar el punto medio entre obrerismo e intelectualismo, o [un tema que a
ella le fascinaba] cómo distinguir el gusto legítimo del pueblo, de ese otro
gusto, también popular pero deforme y estragado, que es producto de una
alienante cursilería, minuciosamente planificada por un clan internacional de
canallas y especialistas. A veces los entraba el día en ese intercambio, y
Jorge concluía por trabar el despertador diez minutos antes de que sonara
["para que no chille la histérica del octavo"]. Luego, durante la
jornada, andaban como zombis, pero valía la pena.
Sobre eso
cavilaba Claudia, tan ensimismada que no percibió la mirada de Germán. De
pronto él dijo: "¿Sabés qué es lo que más me gusta de vos?" Claudia
se sobresaltó, un poco porque estaba en otra cosa, y otro poco por que se erizó
frente a la chocante posibilidad de que, en aquel preciso instante, Germán le
soltara un piropo. Pero él completó: "Lo que más me gusta de vos, es que
tengas la vodka en la heladera". Claudia rió, desarmada. Y a partir de ese
momento, la afirmación en la confianza mutua tuvo mucha importancia.
Al día
siguiente, la transparencia de Jorge demoró un poco en aparecer, apoyada en la
baranda, no se impacientó. Sabía que llegaría. Y así fue: surgiendo entre un
lustrador de zapatos y un hombre de guardapolvo gris, estuvieron de pronto la
transparencia y la mirada de Jorge. La mirada la miró, como sonriendo. Y
desapareció antes que de costumbre.
Más tarde
se encontró con Germán y fueron al cine. La película era tan melancólica, que
Claudia no tuvo más remedio que tomar una mano de Germán, pero las manos
siguieron juntas. Claudia se sorprendió con cierto inesperado despertar de su
piel. La mano de Germán fue persuasiva. También ingenua, pero sobre todo
persuasiva. Cuando salieron, caminaron varias cuadras sin hablar. Claudia no se
habituaba así nomás a sus nuevas sensaciones.
A la
mañana se miró al espejo y se halló tan linda como en tiempos de Jorge. No se
sintió incómoda. Ni culpable. Fue como de costumbre a la baranda. La gente
estaba más apurada o más nerviosa o más tensa que de costumbre. En alguna parte
sonaban estridentes sirenas de ambulancias, bomberos o coches policiales. Nunca
había sabido cuál era cuál: todos la asustaban. Algunos muchachos pasaron
corriendo. Otras personas se limitaban a mirar, tratando infructuosamente de parecer
lejanas. De pronto, en medio de un grupo de gente que se acercaba, le pareció
distinguir a Germán. Al principio no quiso creerlo. Pero efectivamente era
Germán. Él miró hacia la baranda y Claudia agitó la mano. Le gustó que él
hubiese tenido la osadía de venir a buscarla allí, precisamente allí. Él
levantó los dos brazos, como haciéndole entender, aún desde lejos, que estaba
contento de encontrarla. Le costaba acercarse. Había mucha gente y muchos
automóviles. Además era viernes, y los viernes el mundo parece crecer y a la
vez apretujarse.
Por fin,
Germán pudo avanzar entre el gentío. Subió a dos los escalones y llegó a la
baranda. La besó en la mejilla, como siempre, pero le puso un brazo sobre los
hombros. Qué alto es, pensó ella. Se alejaron lentamente. Desde lejos, parecían una pareja. Desde cerca también.
Sólo
cuando habían caminado dos cuadras. Claudia tomó conciencia de que la
transparente imagen de Jorge había faltado a la cita. Entonces supo que, de
ahora en adelante, aunque ella siguiese viniendo a la baranda, Jorge no iba a
volver. Estaba segura. No iba a regresar más. Era como si él se hubiera
propuesto una misión y la hubiese cumplido. No, no iba a volver. Ella lo
conocía mejor que nadie.

Bueno le dire me pareció hermosisima la historia, el relato, el escrito.. ¿ como llamarlo?
ResponderEliminarEn mi opinion Claudia jamas olvidara. Jorge es algo ficticio lose pero hay veces que uno como lector.. [en mi caso] se cree las historias, las siente.. y las vive con mucho gusto mientras la lee... En lo personal me encanto... como ella se va desenvolviendo... Ella.espera a Jorge con tanto.entusiasmo sentada en esa barada en un rio de gente... esperando dia con dia esa mira tan penetrate y llenadora para ella...
La parte en la que se me escapo un sonrisota de las mias Fue cuando (Claudia le ofreció un trago: a German ... ¿whisky?, ¿vodka?, ¿ron? Él dijo vodka, y casi se arrepintió. Ella se dio cuenta: "¿Qué pasa?" "Nada, sólo pensé que la vodka me gusta helada. No con hielo, sino helada." "Claro. Está en la heladera", dijo ella, EXELENTE... 😊
Y bueno al final Ella.sabia que no iba a regresar más. Era como si él se hubiera propuesto una misión y la hubiese cumplido. No, no iba a volver. "ELLA LO CONOCÍA MEJOR QUE NADNADIE..."👌👌
MUCHO EXITO PROFE.. Y FELICIDADES 😊😄
Hola profesor soy Brenda Hernandez del grupo de pedagogía turno nocturno.
ResponderEliminarEsta historia me gusto mucho porque yo lo vi como una historia donde todo se puede superar, pero todo lleva un proceso no es de la noche a la mañana y nosotros mismo debemos saber cuando ya se logro superar ese problema y al final sin buscarlo se obtienen muy buenos resultados.
Si se lee con atención y sin interrupciones te logra atrapar y hasta muy buena enseñanza obtienes.
Muy buen cuento profesor gracias por compartirlo.
La historia es muy bonita me parecio interesante, yo creo que como personas hay que superar retos que se nos presentan en la vida por muy dolorosos que sean, en el caso de Claudia tenia q dejar ir Jorge por mucho que le doliera su partida ella tenia que superar que el ya no estria junto a ella y deberia dejarlo ir lo unico que hacia era lastimarse con los recuerdos q ella tenia de el. Soy Martha Estela Soto Turno Nocturno Lic. Pedagogia
ResponderEliminarOla profe soy su alumna del turno nocturno de pedagogía ya leí los doscientos y me parecieron muy bonitos pero me gustó más el de transparencia muy bonito cuento y la de el sexo de los Ángeles como k le faltó pero muy bueno también
ResponderEliminar:-)
"todo pasa cuando tiene que pasar"
ResponderEliminarun duelo siempre lleva algo de tiempo superar, es como un tiempo fuera en tu vida, todo producto de la perdida de alguien especial. y cuando se supera entonces podemos seguir viviendo
Lorena nocturno pedagogia ami me gusto mucho porque yo hace meses perdi a mi hermano y si es muy cierto que aveces lo escuchas,lo sientes que esta cerca o lo vez pro al mismo tiempo hay que saber aceptar o darnos a la idea que nuestro ser ya no esta y seguir dia a dia adelante..! Muy buen cuento...! 👌
ResponderEliminarBuena historia, gracias por compartir.
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