martes, 21 de julio de 2015

Historias que nunca fueron de ficción…



Algunas historias nunca fueron de ficción, algunas historias ocurren y discurren cotidianamente y transidas como la vida misma. Nos encontramos en un café de la Nueva Santa María –mi amigo Merino y yo- tras casi cuatro años de no vernos, me cuenta sobre su estancia en Polonia, particularmente, Cracovia; me habla sobre los días de invierno, y las noches de primavera, sobre lo impronunciable del idioma, la dificultad para ver futbol nacional, lo insípido de la comida, sobre el orden que existe en la ciudad, sobre su empleo soñado, el nivel de vida, el nivel de cultura y civismo que abunda por aquellas calles; sobre el grupo de profesores de habla hispana que asaltan aquellos paisajes y sobre lo incongruente y exageradamente guapas que son las mujeres de allá; me dice que sí es el lugar perfecto para vivir –aunque el mismo no sabe si podría quedarse allá- 

También hablamos de libros, historias y lo mal que sigue México y en general lo mal que vamos los mexicanos; en breve me hace un recuento sobre el recorrido para llegar a acá. Merino decidió regresar al D.F. vía Buenos Aires, y recorrer algunas capitales y ciudades de Sudamérica y Centroamérica, Montevideo, Asunción, La Paz, Quito, Bogotá, San José, Tegucigalpa, Panamá, hasta llegar a la Ciudad de México; y en cada ciudad veo una historia, escucho sus andanzas, Realismo mágico, canciones de Sabina, las calles de Borges, Cortázar, Galeano, Roque Dalton, los pasos de Girondo… y en cada palabra, en cada frase, noto su siempre desencanto por la humanidad, por los seres humanos, por lo jodido que estamos.

Tras cada sorbo de café, luego de un cigarro y varias anécdotas con los libros, miro el rostro de mi amigo y me parece leer textualmente a Pérez-Reverte: “Las normas sociales, las reglas, la cultura y el miedo al castigo mantienen a los hombres lejos de sí mismos, luego, cuando esa capa de civilización se rompe y salta a pedazos, el hombre nuevamente es lo que era y que siempre ha sido: un verdadero hijo de puta…”

El siguiente texto, es escrito por Alex Merino, sus historias se vuelven para muchos de nosotros -sus asiduos lectores y seguidores de su blog- la realidad aceptada, la realidad filtrada de forma silenciosa, la realidad que socava, la realidad que carcome; una realidad a la que no deberíamos acostumbrarnos, una realidad nunca aceptable...



Sólo cinco fronteras más








“Yo de mayor siempre he querido ser niño.

Pero aquí, en este país convertido en estercolero,

de niño quiero ser mayor.

Para poder escapar rápido.”



Ni su nombre, ni su edad, ni su historia. Lo único que supe de él fue de dónde era y a dónde iba. Habíamos viajado en el mismo autobús desde ciudad de Panamá, pero no cruzamos palabra durante las 10 horas del viaje, ni siquiera cuando un control militar nos detuvo cerca de Penonomé, casi a media noche, y tuvimos que bajar del autobús, medio dormidos, y abrir las maletas y vaciarnos los bolsillos mientras los perros nos olfateaban los zapatos y los soldados preguntaban una y otra vez nuestro origen, destino, motivo del viaje, profesión, etc. Pero no crucé palabra con él, creo que ni siquiera lo vi. Llegamos a Paso Canoas, en la frontera con Costa Rica, a eso de las 4 am, así que nos echaron del autobús y tuvimos que esperar a que abrieran la frontera (sí, algunas fronteras sólo están abiertas en horario de oficina). Aún estábamos a oscuras y el pueblo parecía deshabitado. Era julio y el calor y la humedad eran insoportables.

-¿Colombiano?- me preguntó acercándose con cierta timidez.

-Mexicano- le respondí, y al ver que no encontraba su encendedor, saqué el mío y se lo ofrecí. El hombre asintió con la cabeza, agradeciéndome. Le calculé unos 50 años.

-¿Y va para allá? ¿A la capital?

-Sí, al DF. ¿Usted de dónde?

-Panameño. De Pacora.

-¿Y a dónde va?- pregunté.

Y entonces el hombre hizo algo que sé que recordaré mucho tiempo. No respondió a mi pregunta. Sonrió muy lentamente y ladeó un poco la cabeza. Una sonrisa cómplice, divertida. Una sonrisa ilusionada como la de un niño. Entornó los ojos y levantó las cejas, aún con la cabeza ladeada, como señalando algo encima de él. Uno o dos segundos duró su gesto. Y no hubo necesidad de decir nada más, ni de que yo preguntara nada más. Su gesto señalaba arriba. Al Norte. Más, más al Norte. Ese Norte al que tantos centroamericanos quieren ir. Ese Norte que, si se alcanza, les promete salvarlos de la miseria y la barbarie en la que viven. Nunca he visto en un adulto una sonrisa de tanta ilusión, tan pura, tan inocente.

No dijo nada más, no hacía falta.

-Aún está lejos- fue lo único que se me ocurrió decir.

-Bue, si paso ésta, sólo son 5 fronteras más- respondió, todavía con un poco de esa sonrisa infantil y emocionada.

Al final ni él ni yo cruzamos Paso Canoas. El coyote que iba a cruzarlo a él y a otros tres iba a llevarlos unos kilómetros al Norte, hacia Breñón, y de ahí cruzarían por la selva. A mí me negaron la entrada a Costa Rica por una vacuna que, según yo, no necesitaba. Según ellos, sí. Pero con las ventajas que da tener un pasaporte, yo pude volver a ciudad de Panamá y tomar un vuelo para evitar Costa Rica. De él no supe más.

Una semana después yo estaba entrando a México por La Mesía, en Guatemala. Él tenía planeado entrar a México por Tecún Umán, cruzando el río Suchiate, e ir a Tapachula para subirse al tren que llaman La Bestia. También me dijo que calculaba estar en Atlanta a finales de noviembre.

Tres días después yo ya estaba en la ciudad de México. Y ahí, en la estación Lechería, apenas a unos kilómetros de la casa donde crecí, están ellos.

Decenas, quizá cientos. Al lado de las vías del tren o junto a la autopista. Hombres, niños, familias enteras, adolescentes con bebés en brazos. Son los nadies de los que hablaba Eduardo Galeano. Los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo. Los eternos indocumentados. Y en ninguno de ellos volví a ver la sonrisa ilusionada de aquel panameño. Claro que no, han viajado ya muchos kilómetros, y saben lo que aún les espera. Saben que van a sufrir aún más antes de llegar. Si es que llegan. Saben que a muchos de ellos los van a extorsionar, a secuestrar, a matar. Lo saben, o lo van sabiendo durante el trayecto. Y esa sonrisa ilusionada se les va borrando hasta que desaparece por completo.

Y están ahí, junto a las vías o entre los coches, pidiendo algo, lo que sea para continuar su viaje. Y te agradecen igual una moneda que una fruta o una botella de agua. No quieren quedarse en México. ¿Quién de ellos querría?

En el mejor de los casos, aquel panameño de la sonrisa ilusionada estará ya en Atlanta, y quién sabe qué habrá tenido que hacer para llegar. En el peor de los casos, en el más común, será un número más en las estadísticas. Un nadie más a quien se le apagó la sonrisa. Un nadie más a quien le despertaron del sueño.





Blog de Alex Merino

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar?...

Eduardo Galeano tiene entre sus cualidades más características la superposición histórica, social y poética en sus escritos. Mediante su estilo en la prosa, hasta su obra poética, hace una denuncia en favor de la histórica-realidad latinoamericana y en concreto de latinoamérica marginal. Su trazos, letras, reflexiones y palabras, emanan de ese compromiso social en favor de los desposeídos, a quienes les otorga una voz que quizá nunca tendrían, de quienes testifica la condición del hombre a través de la supuesta evolución social… "Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable", expresó en su momento.
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El derecho al delirio




Aunque no podemos adivinar el tiempo que será,
sí que tenemos al menos el derecho de imaginar
el que queremos que sea.

Las Naciones Unidas ha proclamado
extensas listas de derechos humanos,
pero la inmensa mayoría de la humanidad
no tiene más que el derecho
de ver, oír y callar.

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado
derecho de soñar?

¿Qué tal si deliramos por un ratito?,
al fin del milenio,
vamos a clavar los ojos más allá de la infamia
para adivinar otro mundo posible:

"El aire estará limpio de todo veneno que no venga
de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

La gente no será manejada por el automóvil,
ni será programada por la computadora,
ni será comprada por el supermercado,
ni será mirada por el televisor.

El televisor dejará de dejará de ser
el miembro más importante de la familia.

La gente trabajará para vivir,
en lugar de vivir para trabajar.

Se incorporará a los códigos penales
el delito de estupidez,
que cometen quienes
viven por tener o por ganar,
en vez de vivir
por vivir no más.

Como canta el pájaro,
sin saber que canta,
y como juega el niño,
sin saber que juega.

En ningún país irán presos los muchachos
que se nieguen a cumplir el servicio militar,
sino los que quieran cumplirlo.

Los economistas no llamaran nivel de vida
al nivel de consumo;
ni llamarán calidad de vida
a la cantidad de cosas.

Los cocineros no creerán
que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.

Los historiadores no creerán
que a los países les encanta ser invadidos.

El mundo ya no estará en guerra contra los pobres,
sino contra la pobreza.

Y la industria militar no tendrá más remedio
que declararse en quiebra.

La comida no será una mercancía,
ni la comunicación un negocio.

Porque la comida y la comunicación
son derechos humanos.

Nadie morirá de hambre,
porque nadie morirá de indigestión.

Los niños de la calle no serán tratados
como si fueran basura,
porque no habrá niños de la calle.

Los niños ricos no serán tratados
como si fueran dinero,
porque no habrá niños ricos.

La educación no será el privilegio
de quienes puedan pagarla,
y la policía no será la maldición
de quienes no puedan comprarla.

La justicia y la libertad,
hermanas siamesas,
condenadas a vivir separadas,
volverán a juntarse,
volverán a juntarse bien pegaditas,
espalda contra espalda.

En Argentina, las locas de plaza de mayo
serán un ejemplo de salud mental,
porque ellas se negaron a olvidar
en los tiempos de la amnesia obligatoria.

La perfección,
la perfección seguirá siendo
el aburrido privilegio de los dioses.

Pero en este mundo,
en este mundo chambón y jodido,
cada noche será vivida
como si fuera la última,
y cada día como si fuera el primero."






martes, 14 de julio de 2015

Sexo no corpóreo…



Ludwig Josef Johann Wittgenstein sostenía que: “Los límites del lenguaje son los límites del mundo” y Mario Benedetti nos enseña que ese límite no se encuentra próximo, a través del juego de palabras cotidianas y sencillas, Benedetti da paso a la imaginación, a la seducción y al erotismo que emana de cada frase, en cada letra, luego de una coma y en todo instante, con El sexo de los ángeles, Mario –que lo mismo maneja la prosa, la poesía, el cuento y el ensayo- deja en claro que las palabras adecuadas seguidas del momento preciso pueden conducir a cada ser –los visibles e invisibles- a desbordarse en un orgasmo de letras y sonidos y experimentar textualmente un orgasmo etéreo o un orgasmo literario…

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El sexo de los ángeles

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.

Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.

Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.

Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: "Semilla", Ángela, para atizarlo, responde: "Surco". El dice: "Alud" y ella, tiernamente: "Abismo".

Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.

Ángel dice: "Madero". Y Ángela: "Caverna".

Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

Él dice: "Manantial". Y ella: "Cuenca".

Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.

Ángel dice: "Estoque", y Ángela, radiante: "Herida". El dice: "Tañido", y ella: "Rebato".

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.



Audio en voz de Mario Benedetti

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-sexo-de-los-angeles--0/audio/




domingo, 12 de julio de 2015

Un fantasma, un parque, vodka y la puta muerte…

El estilo de Mario Benedetti es único y siempre reconocible tras cada letra, palabra o personaje; nacido en Montevideo y perteneciente a la generación 45, Benedetti nos transporta con su pluma hacia pasajes, situaciones cotidianas y fantásticas.

En Transparencia, Mario Benedetti nos conjuga objetos y personajes tan alejados entre sí, para dar paso a una historia, donde un fantasma, un parque, vodka y la muerte, se convierten en elementos fundamentales para el amor, y es que, no por nada, Mario Benedetti ha escrito lo que muchos sentimos que era necesario escribir, así, el maestro Benedetti nos muestra que su pluma es capaz transportarnos, recrearnos, crearnos y de crearlo todo, y aún más…

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Transparencia

A Diana y Juan, y a su rebanada de felicidad

Desde la muerte de Jorge, Claudia venía todas las tardes a recostarse en esta baranda, como si le agradara contemplar el río de gente. Hombres maduros con su valijita rectangular de casi ejecutivos, lentos viejos en la etapa del bastón. Muchachas de espléndido vaivén, señoras con perro, trabajadores con overall, policías, mendigos, todos concurrían y transcurrían. En aquella esquina clave, donde tantas veces había esperado a Jorge cuando salía del Banco a encontrarse con ella, Claudia sabía, estaba absolutamente segura, que en algún instante [nunca el mismo] aparecería Jorge, la imagen de Jorge, caminando entre los otros, pero mucho más simpático y apuesto que los demás.

Era una imagen nítida, poco menos que real, sólo que transparente. Todo en él [traje, brazos, piernas, hasta los zapatos] era transparente. Todo, menos la mirada. Quizá esto se debiera a que lo último vivo que recordaba de Jorge eran sus ojos. O tal vez se debiera a que Jorge tenía ojos muy cálidos y a la vez penetrantes. Lo cierto era que en la visión aquellos ojos no eran trasparentes. Más bien tenía la sensación de que ella se volvía transparente cuando esos ojos [que ella conocía tanto] la miraban. Y eso no sólo acontecía en el presente espejismo; también en realidad había sido así.

Era tan transparente la imagen que, a través de ella, Claudia distinguía a los demás transeúntes como detrás de un cristal coloreado. Porque se trataba de una transparencia de color. Como el traje azul que vestía Jorge era transparente, ella veía, por ejemplo, los brazos eran a su vez transparentes, no ocultaban el pedacito de calle o de gente que permanecía detrás.

Claudia no se inmutaba. No creía en absoluto que aquello fuese algo mágico. Una noche se lo contó a Germán y éste sonrió y le tocó la frente con el índice: "Lo que pasa es que lo tenés aquí". Entonces ella le tomó el dedo con una mano y lo apoyó sobre su propio corazón: "Y también aquí". Pero ambos sabían [y sobre todo Claudia] que la imagen era una proyección de muchas cosas más.

En su momento había llorado, claro. Había llorado y mucho. Pero a esta altura ya había admitido para sí misma la muerte de Jorge. Sin embargo, la imagen venía todas las tardes y ella no podía evitar el venir a esperarla."Después de todo, es una forma insólita de asumir tu duelo", le diagnosticó Lidia, que era sólo cuñada de un analista pero manejaba con espíritu amateur la jerga profesional. Claudia asentía con la cabeza, pero en el fondo sabía que no. En realidad, ya había tenido su "duelo" y se había sentido destruida; "hecha bolsa" como dice su sobrina adolescente "hecha mierda" como se decía ella misma cuando se miraba al espejo y veía el trajinado dolor, no sólo en sus ojeras [que es lo clásico] sino también en su pelo, en su boca, en su pescuezo. Lo que más le costó aceptar era que Jorge muriera cuando vivían su etapa más feliz como pareja. Nunca se habían sentido tan cerca de Jorge como en la mañana de ese puto día en que él se quedó de pronto mudo e inmóvil, no ya en medio de una frase sino en mitad de una palabra. Todavía recordaba con exactitud el sonido de la sílaba viva, pero aún no tenía el coraje debe imaginar, de hacer sonar para sí misma, la impronunciable sílaba muerta. No obstante, había acabado por aceptar hasta esa palabra rota.

La recuperación del ánimo vino de a poco. "No te martirices tratando de animarte artificialmente" le había dicho Germán. "Sos una tipa muy vital, y si dejás que el tiempo pase, simplemente pase, ya vas a ver cómo la vida te invade de nuevo". Y fue rigurosamente cierto. El tiempo pasó, simplemente pasó, y una mañana se miró al espejo y tuvo un poco de vergüenza al encontrarse linda. Pero se encontró. Días después advirtió en la calle que era contemplada con atención, y el que la miraba era un tipo joven ["de ojos verdes", lo fichó al pasar], eso la estimuló. En dos semanas más, se le pasó la vergüenza de sentirse cada día mejor.

Pero igual iba a recostarse todas las tardes a la misma hora, en aquella baranda, para esperar a Jorge el transparente. La imagen se acercaba caminando, al mismo ritmo que los otros, y también se iba con los otros, no sin antes mirarla, y era la mirada más honda que ella conocía.

En realidad, no eran muchos los que estaban en el secreto: Germán, Lidia, Héctor. Pero Lidia y Héctor se preocupaban demasiado cuando ella empezaba a hablar de la transparencia. Quizá les parecía que ese espejismo podía desembocar en una neurosis, o en un simple desajuste mental. Trataban entonces de tomarlo a broma, pero inmediatamente advertían que eso podía agravar a Claudia. Y cambiaban de temas.

Germán en cambio, la escuchaba con naturalidad, y si le preguntaba: "¿Cómo estaba hoy? ¿Triste, alegre?", Claudia sabía que no había en la pregunta el menor atisbo de burla o de ironía. Sencillamente Germán quería saber de qué talante había estado Jorge, la transparente imagen de Jorge. Y era lógico que así fuera, porque Germán también lo había querido mucho. Cuando Jorge murió, para Germán había sido algo así como la pérdida de un hermano. Por eso ella se encontraba tan cómoda con él; porque ambos recordaban a Jorge sin ningún preconcepto [ni posconcepto] y hasta se reían a veces cuando evocaban una situación embarazosa, o ridícula, de un pasado que incluía a los tres.

A veces, después de ver la transparencia, Claudia se encontraba con Germán e iban al cine. También iba al cine con Héctor o con Lidia, o con ambos a la vez, pero nunca después de la baranda. Porque después de la baranda ella quedaba en un estado de ánimo muy particular [no exactamente de tristeza, ni de nostalgia, ni siquiera de euforia, pero de todos modos un estado de ánimo especial] que sólo Germán era capaz de bancar. Él sabía que cuando la encontraba después de la baranda, tenía que quedarse callado una media hora, y él respetaba escrupulosamente el convenio tácito. A veces ella hablaba antes de cumplirse el plazo, y entonces, por supuesto, Germán continuaba el diálogo. Pero en ese caso no importaba, porque la responsabilidad era de ella.

Una de esas tardes no fueron al cine, pero sí a la casa de Claudia. Muchas veces había ido Germán, en vida de Jorge, y también después. Pero esa tarde se dio una especial comunicación. Tal vez todo empezó cuando ella le ofreció un trago: ¿whisky?, ¿vodka?, ¿ron? Él dijo vodka, y casi se arrepintió. Ella se dio cuenta: "¿Qué pasa?" "Nada, sólo pensé que la vodka me gusta helada. No con hielo, sino helada." "Claro. Está en la heladera", dijo ella, y él celebró largamente ese alarde de cultura etílica.

Después hablaron largamente, como cuatro horas. Un poco acerca de Jorge, pero como Germán recordara las opiniones políticas de Jorge, el tema de pronto se amplió. "Eso me gustaba de él", dijo Germán. "Era claro, era concreto. No te tiraba por la cabeza todas sus lecturas. A mí personalmente no me gusta cuando alguien me empieza a apabullar con todos los Marx y Lenin que en el mundo han sido. La pucha. Me siento un pigmeo. Y Jorge tenía eso de bueno. No te aplastaba. Vos pensabas que estaba hablando de un tema tan cercano como la huelga de carniceros, y sólo después te dabas cuenta que había estado desarrollando su personalísimo enfoque de las relaciones sociales de producción. Su conversación era eso: una conversación. No un ensayo, con notas al pie".

Claudia se quedó un rato como absorta. Ella también podía haber aportado, a ese respecto, sus propias reminiscencias y experiencias: por ejemplo aquellas madrugadas que los encontraban, a Jorge y a ella, discurriendo [él, en la cama, apoyado en un codo, fumando y fumando: ella, fumando también, pero sentada a la turca, con la pared como respaldo] sobre las contradicciones entre práctica y teoría, o la fórmula para evitar las caídas en el elitismo de vanguardia, o la manera de encontrar el punto medio entre obrerismo e intelectualismo, o [un tema que a ella le fascinaba] cómo distinguir el gusto legítimo del pueblo, de ese otro gusto, también popular pero deforme y estragado, que es producto de una alienante cursilería, minuciosamente planificada por un clan internacional de canallas y especialistas. A veces los entraba el día en ese intercambio, y Jorge concluía por trabar el despertador diez minutos antes de que sonara ["para que no chille la histérica del octavo"]. Luego, durante la jornada, andaban como zombis, pero valía la pena.

Sobre eso cavilaba Claudia, tan ensimismada que no percibió la mirada de Germán. De pronto él dijo: "¿Sabés qué es lo que más me gusta de vos?" Claudia se sobresaltó, un poco porque estaba en otra cosa, y otro poco por que se erizó frente a la chocante posibilidad de que, en aquel preciso instante, Germán le soltara un piropo. Pero él completó: "Lo que más me gusta de vos, es que tengas la vodka en la heladera". Claudia rió, desarmada. Y a partir de ese momento, la afirmación en la confianza mutua tuvo mucha importancia.

Al día siguiente, la transparencia de Jorge demoró un poco en aparecer, apoyada en la baranda, no se impacientó. Sabía que llegaría. Y así fue: surgiendo entre un lustrador de zapatos y un hombre de guardapolvo gris, estuvieron de pronto la transparencia y la mirada de Jorge. La mirada la miró, como sonriendo. Y desapareció antes que de costumbre.

Más tarde se encontró con Germán y fueron al cine. La película era tan melancólica, que Claudia no tuvo más remedio que tomar una mano de Germán, pero las manos siguieron juntas. Claudia se sorprendió con cierto inesperado despertar de su piel. La mano de Germán fue persuasiva. También ingenua, pero sobre todo persuasiva. Cuando salieron, caminaron varias cuadras sin hablar. Claudia no se habituaba así nomás a sus nuevas sensaciones.

A la mañana se miró al espejo y se halló tan linda como en tiempos de Jorge. No se sintió incómoda. Ni culpable. Fue como de costumbre a la baranda. La gente estaba más apurada o más nerviosa o más tensa que de costumbre. En alguna parte sonaban estridentes sirenas de ambulancias, bomberos o coches policiales. Nunca había sabido cuál era cuál: todos la asustaban. Algunos muchachos pasaron corriendo. Otras personas se limitaban a mirar, tratando infructuosamente de parecer lejanas. De pronto, en medio de un grupo de gente que se acercaba, le pareció distinguir a Germán. Al principio no quiso creerlo. Pero efectivamente era Germán. Él miró hacia la baranda y Claudia agitó la mano. Le gustó que él hubiese tenido la osadía de venir a buscarla allí, precisamente allí. Él levantó los dos brazos, como haciéndole entender, aún desde lejos, que estaba contento de encontrarla. Le costaba acercarse. Había mucha gente y muchos automóviles. Además era viernes, y los viernes el mundo parece crecer y a la vez apretujarse.

Por fin, Germán pudo avanzar entre el gentío. Subió a dos los escalones y llegó a la baranda. La besó en la mejilla, como siempre, pero le puso un brazo sobre los hombros. Qué alto es, pensó ella. Se alejaron lentamente. Desde lejos, parecían una pareja. Desde cerca también.

Sólo cuando habían caminado dos cuadras. Claudia tomó conciencia de que la transparente imagen de Jorge había faltado a la cita. Entonces supo que, de ahora en adelante, aunque ella siguiese viniendo a la baranda, Jorge no iba a volver. Estaba segura. No iba a regresar más. Era como si él se hubiera propuesto una misión y la hubiese cumplido. No, no iba a volver. Ella lo conocía mejor que nadie.