Algunas historias nunca fueron de ficción, algunas historias ocurren y discurren cotidianamente y transidas como la vida misma. Nos encontramos en un café de la Nueva Santa María –mi amigo Merino y yo- tras casi cuatro años de no vernos, me cuenta sobre su estancia en Polonia, particularmente, Cracovia; me habla sobre los días de invierno, y las noches de primavera, sobre lo impronunciable del idioma, la dificultad para ver futbol nacional, lo insípido de la comida, sobre el orden que existe en la ciudad, sobre su empleo soñado, el nivel de vida, el nivel de cultura y civismo que abunda por aquellas calles; sobre el grupo de profesores de habla hispana que asaltan aquellos paisajes y sobre lo incongruente y exageradamente guapas que son las mujeres de allá; me dice que sí es el lugar perfecto para vivir –aunque el mismo no sabe si podría quedarse allá-
También hablamos de libros, historias y lo mal que sigue México y en general lo mal que vamos los mexicanos; en breve me hace un recuento sobre el recorrido para llegar a acá. Merino decidió regresar al D.F. vía Buenos Aires, y recorrer algunas capitales y ciudades de Sudamérica y Centroamérica, Montevideo, Asunción, La Paz, Quito, Bogotá, San José, Tegucigalpa, Panamá, hasta llegar a la Ciudad de México; y en cada ciudad veo una historia, escucho sus andanzas, Realismo mágico, canciones de Sabina, las calles de Borges, Cortázar, Galeano, Roque Dalton, los pasos de Girondo… y en cada palabra, en cada frase, noto su siempre desencanto por la humanidad, por los seres humanos, por lo jodido que estamos.
Tras cada sorbo de café, luego de un cigarro y varias anécdotas con los libros, miro el rostro de mi amigo y me parece leer textualmente a Pérez-Reverte: “Las normas sociales, las reglas, la cultura y el miedo al castigo mantienen a los hombres lejos de sí mismos, luego, cuando esa capa de civilización se rompe y salta a pedazos, el hombre nuevamente es lo que era y que siempre ha sido: un verdadero hijo de puta…”
El siguiente texto, es escrito por Alex Merino, sus historias se vuelven para muchos de nosotros -sus asiduos lectores y seguidores de su blog- la realidad aceptada, la realidad filtrada de forma silenciosa, la realidad que socava, la realidad que carcome; una realidad a la que no deberíamos acostumbrarnos, una realidad nunca aceptable...
Sólo cinco fronteras más
“Yo de mayor siempre he querido ser niño.
Pero aquí, en este país convertido en estercolero,
de niño quiero ser mayor.
Para poder escapar rápido.”
Ni su nombre, ni su edad, ni su historia. Lo único que supe de él fue de dónde era y a dónde iba. Habíamos viajado en el mismo autobús desde ciudad de Panamá, pero no cruzamos palabra durante las 10 horas del viaje, ni siquiera cuando un control militar nos detuvo cerca de Penonomé, casi a media noche, y tuvimos que bajar del autobús, medio dormidos, y abrir las maletas y vaciarnos los bolsillos mientras los perros nos olfateaban los zapatos y los soldados preguntaban una y otra vez nuestro origen, destino, motivo del viaje, profesión, etc. Pero no crucé palabra con él, creo que ni siquiera lo vi. Llegamos a Paso Canoas, en la frontera con Costa Rica, a eso de las 4 am, así que nos echaron del autobús y tuvimos que esperar a que abrieran la frontera (sí, algunas fronteras sólo están abiertas en horario de oficina). Aún estábamos a oscuras y el pueblo parecía deshabitado. Era julio y el calor y la humedad eran insoportables.
-¿Colombiano?- me preguntó acercándose con cierta timidez.
-Mexicano- le respondí, y al ver que no encontraba su encendedor, saqué el mío y se lo ofrecí. El hombre asintió con la cabeza, agradeciéndome. Le calculé unos 50 años.
-¿Y va para allá? ¿A la capital?
-Sí, al DF. ¿Usted de dónde?
-Panameño. De Pacora.
-¿Y a dónde va?- pregunté.
Y entonces el hombre hizo algo que sé que recordaré mucho tiempo. No respondió a mi pregunta. Sonrió muy lentamente y ladeó un poco la cabeza. Una sonrisa cómplice, divertida. Una sonrisa ilusionada como la de un niño. Entornó los ojos y levantó las cejas, aún con la cabeza ladeada, como señalando algo encima de él. Uno o dos segundos duró su gesto. Y no hubo necesidad de decir nada más, ni de que yo preguntara nada más. Su gesto señalaba arriba. Al Norte. Más, más al Norte. Ese Norte al que tantos centroamericanos quieren ir. Ese Norte que, si se alcanza, les promete salvarlos de la miseria y la barbarie en la que viven. Nunca he visto en un adulto una sonrisa de tanta ilusión, tan pura, tan inocente.
No dijo nada más, no hacía falta.
-Aún está lejos- fue lo único que se me ocurrió decir.
-Bue, si paso ésta, sólo son 5 fronteras más- respondió, todavía con un poco de esa sonrisa infantil y emocionada.
Al final ni él ni yo cruzamos Paso Canoas. El coyote que iba a cruzarlo a él y a otros tres iba a llevarlos unos kilómetros al Norte, hacia Breñón, y de ahí cruzarían por la selva. A mí me negaron la entrada a Costa Rica por una vacuna que, según yo, no necesitaba. Según ellos, sí. Pero con las ventajas que da tener un pasaporte, yo pude volver a ciudad de Panamá y tomar un vuelo para evitar Costa Rica. De él no supe más.
Una semana después yo estaba entrando a México por La Mesía, en Guatemala. Él tenía planeado entrar a México por Tecún Umán, cruzando el río Suchiate, e ir a Tapachula para subirse al tren que llaman La Bestia. También me dijo que calculaba estar en Atlanta a finales de noviembre.
Tres días después yo ya estaba en la ciudad de México. Y ahí, en la estación Lechería, apenas a unos kilómetros de la casa donde crecí, están ellos.
Decenas, quizá cientos. Al lado de las vías del tren o junto a la autopista. Hombres, niños, familias enteras, adolescentes con bebés en brazos. Son los nadies de los que hablaba Eduardo Galeano. Los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo. Los eternos indocumentados. Y en ninguno de ellos volví a ver la sonrisa ilusionada de aquel panameño. Claro que no, han viajado ya muchos kilómetros, y saben lo que aún les espera. Saben que van a sufrir aún más antes de llegar. Si es que llegan. Saben que a muchos de ellos los van a extorsionar, a secuestrar, a matar. Lo saben, o lo van sabiendo durante el trayecto. Y esa sonrisa ilusionada se les va borrando hasta que desaparece por completo.
Y están ahí, junto a las vías o entre los coches, pidiendo algo, lo que sea para continuar su viaje. Y te agradecen igual una moneda que una fruta o una botella de agua. No quieren quedarse en México. ¿Quién de ellos querría?
En el mejor de los casos, aquel panameño de la sonrisa ilusionada estará ya en Atlanta, y quién sabe qué habrá tenido que hacer para llegar. En el peor de los casos, en el más común, será un número más en las estadísticas. Un nadie más a quien se le apagó la sonrisa. Un nadie más a quien le despertaron del sueño.



